martes, 19 de febrero de 2013


Guía N° 1 – Medios de comunicación y Realidad (Grado Décimo)
Profesor: Libardo Sánchez Paredes
Día a día los medios masivos de comunicación ganan más importancia en la vida cotidiana de las personas: desde las recetas de cocina, la forma de vestir, la forma de hablar, lo que se considera  bueno y malo en la sociedad, hasta el leguaje gestual, los medios de comunicación están en el centro de la forma en que nos entendemos a nosotros mismos y configuramos la realidad. A través de esta guía lograras una comprensión conceptual sobre cuáles son las problemáticas principales  que plantean los medios de comunicación a la forma en la que entendemos la realidad.
Análisis de Textos
Primeros apuntes históricos de la propaganda
Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos.
Entre los que participaron activa y entusiásticamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento —tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas— era el dedirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días.
La democracia del espectador
Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político —tanto de asuntos domésticos como internacionales— así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.
Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de proteger de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.
Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.
Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.
Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.
                                                           Noam Chomsky, El control en los medios de comunicación                                                                                                               (Fragmento)

Responde
(Respuestas que no tengan un adecuado desarrollo no son válidas - Argumenten)

1.       ¿Cómo se ejerció la manipulación durante la Primera Guerra Mundial en Estados Unidos? ¿Por qué se lo hizo?
2.       ¿Cuál fue el descubrimiento que se hizo durante la Primera Guerra Mundial con respecto a los medios de comunicación y la población?
3.       ¿Cuáles son las ideas de Walter Lippmann acerca de la población en una democracia?
4.       ¿Por qué el autor considera que la diferencia entre una democracia liberar y un marxismo leninista no es tan amplia como se cree?
5.       ¿Por qué la teoría de Lippmann no es un totalitarismo sino que se ajusta a una sociedad democrática?
6.       ¿En qué consiste la fabricación del consenso?
7.       ¿A quiénes se llama rebaño y por qué se lo hace?

Interpreta

1.       Según la lectura ¿Cuáles fueron las consecuencias del ejercicio de manipulación durante la primera guerra mundial?
2.       ¿Cuál es la relación entre los medios de comunicación y la teoría de Lippmann?
3.       ¿Cuál es la moral implícita en la teoría de Lippmann?
4.       Qué quiere decir el autor con “La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario.”

Investiga

1.       Investiga el nombre de al menos un filósofo de la comunicación. Explica en qué consiste su teoría de la comunicación. Busca una bibliografía de por lo menos 10 libros del autor o sobre el autor.

Argumenta

1.       Define a continuación los siguientes términos proponiendo un ejemplo para cada uno de los temas (Deben argumentar, no se tienen en cuenta respuestas de un par de líneas.)
a.       Manipulación de los medios de comunicación
b.      Relación de los medios de comunicación y la democracia
c.       Relación de los medios de comunicación con la construcción de la realidad
d.      Relación ideología y medios de comunicación

Soy creativo

Observa la siguiente imagen y tomándola como base realiza un cuento de no menos de 20 líneas.


Guía N° 1 – Medios masivos de comunicación y construcción del yo (Grado Once)
Profesor: Libardo Sánchez Paredes

La masiva presencia de los medios de comunicación exigen cada vez con mayor urgencia que se desarrollen las estrategias para comprender todos los mensajes explícitos, y más importante, implícitos de la información allí presentada. Uno de los asuntos más importantes es el que tiene que ver con los elementos que terminan influyendo en la formación del yo en los individuos. Durante esta unidad, tomando como herramienta el psicoanálisis, se desarrollarán estrategias para entender cómo los medios de comunicación influyen en la construcción de lo que pensamos acerca de nosotros mismos y del medio social en que nos desarrollamos.

LOS MEDIOS COMO SUJETADORES

Un primer y fundamental aspecto a señalar es que, como ya se indicó, los niños conviven actualmente con los medios desde el inicio de su vida, al punto que para ellos el televisor “es un aparato receptor que ya forma parte de la ecología familiar” (Arredondo, 1989, p. 9), y de manera muy acelerada desde hace un tiempo se incorporan al mundo electrónico en sus diversas formas (juegos, internet, etc.), lo que refuerza el peso tanto de su poder como el de unos contenidos que penetran a niveles inconcientes, situación que continuará a lo largo de toda la vida en un momento donde los medios, sobre todo los electrónicos, incrementan su capacidad de llegada y de internalización en la subjetividad. En este sentido es importante destacar que la importancia de tal penetración no pasa sustancialmente por los criticados mensajes subliminales en el sentido perceptivo de estos, sino por las significaciones de la infinita cantidad de mensajes que los sujetos reciben cotidianamente a través de la múltiple gama de programas (informativos, de diversión, etc), donde muchas veces los contenidos manifiestos son la cubertura de los latentes (en emisión y recepción).

La constitución del Yo es producto tanto de un complejo proceso de identificaciones como del paulatino reemplazo del principio del placer por el principio de realidad. Y si bien, como ya se dijo, clásicamente se consideró que en ambos es la familia la que tiene el rol central - con el apoyo de las instituciones escolares y religiosas-, hoy no puede negarse ni minusvalorizarse la creciente influencia de los medios masivos de difusión, con mayor razón por llegar antes que tales instituciones o cuando no se accede al aparato educativo (aspecto de fuerte peso en muchas naciones o zonas subdesarrolladas con bajos niveles de alfabetización).

Es cierto que los modelos identificatorios básicos surgen sobre todo de los vínculos afectivos del niño con sus relaciones directas (padres, abuelos, maestros más tarde, etc), Pero ¿cómo dejar de ver que hoy el niño se encuentra en contacto con múltiples modelos y figuras provenientes de un televisor con el que se relaciona desde siempre, luego con caricaturas, juego electrónicos, etc? Modelos de todo tipo (actores, deportistas, vedettes, galanes, protagonistas de series y telenovelas) no sólo llamativos, impactantes y deseados por su éxito, omnipotencia, belleza, etc, sino que también cambian en formas y nombres pero mantienen significados - por ejemplo Batman, Superman, El Hombre Nuclear, la Mujer Maravilla, etc. como exponentes de un poder y fuerza que los niños ven en el padre pero ante los cuales éste puede quedar comparativamente devaluado (aunque sea real y los otros sean parte de un mundo de fantasía aunque aún no bien delimitada respecto a la realidad)-, y dejan una evidente secuela, aunque hasta ahora no analizada cuantitativa y cualitativamente con el rigor que merece. Una simple e incluso elemental observación sobre los comportamientos de nuestro tiempo permite ver cómo existe un muy alto grado de identificación con múltiples figuras televisivas, cinematográficas y musicales: imitación de gestos, conductas y vestimentas, adopción de sus nombres en juegos deportivos con la consiguiente asimilación de ellos, etc.

Asimismo, junto a esa llegada directa a partir de la recepción de programas infantiles o para adultos, existe otra indirecta a través del entorno familiar y educativo -ya formados e ideologizados por los medios -, compañeros de juegos, etc. que transmiten comportamientos, normas, modelos, “necesidades” y actitudes cotidianas fomentadas por los héroes prototípicos, anuncios publicitarios, consejos de personajes admirados y seguidos, etc. En este sentido no puede olvidarse que el juego es una expresión típica del mundo infantil que no responde sólo a una actividad de diversión sino también es expresión de sus necesidades afectivas - por eso las terapias se hacen mediante su ejercicio-, lo que hace que jugar con imágenes de los héroes televisivos o juguetes promocionados por las emisoras, o a ser tales héroes implica la internalización de las significaciones y contenidos de los mismos: se trata de un modelo a imitar y a seguir. Al respecto es evidente que los modelos promocionados de manera positiva son aquellos que responden a los valores de una cultura determinada, mientras que se hace lo contrario con aquellas expresiones rechazadas por ella.

En cuanto al paso del principio del placer al de realidad resulta evidente la incidencia de los medios al ser éstos actualmente no sólo los que muestran a esta última sino incluso “construyen” lo que debe entenderse por “realidad”. Evidencia que recalcan numerosos estudiosos, por ejemplo Eliseo Verón al afirmar categóricamente que “los medios informativos son el lugar donde las sociedades industriales producen nuestra realidad” (Verón, 1983, p. II), o Christian Doelker que considera que “la construcción de nuestra imagen del mundo se realiza cada vez más a través de los medios, que a su vez proporcionan una imagen del mundo: por consiguiente, nuestro concepto de realidad nace -según nuestra proporción de consumo de los medios- asimismo de experiencias mediatas y no tan sólo de experiencias inmediatas” (Doelker, 1982, p. 177). Como las “experiencias inmediatas” son muy pocas en relación a las que cada persona conoce, puede decirse sin duda alguna que en la absoluta mayoría de los sujetos actuales la idea que tiene acerca de la “realidad” es producida por los medios en general y la TV en particular (actualmente la principal fuente noticiosa en prácticamente todo el mundo, sobre todo en los países subdesarrollados donde los niveles de lectura son bajos). Se trata, como se ha analizado y escrito reiteradamente, de una óptica determinada de la “realidad” -la más de las veces no plural y sólo representativa de los intereses de los detentadores del control de los medios y/o del poder-, y que en múltiples y mayoritarias situaciones puede ser diferente, parcial e incluso globalmente, a la realidad (esta vez sin comillas).

No es ninguna novedad que los acontecimientos (políticos, sociales, económicos, deportivos, etc.) muchas veces "no existen", o pierden importancia y trascendencia, si no se informa de ellos en los medios o si lo hace sin darles la importancia que tienen. Así como que algo sin mayor valor lo adquiere cuando se hace fuerte énfasis en ello, no faltando casos donde algunos hechos se "construyen" para los medios. En este sentido es importante recordar cómo los estudios sobre comunicación destacan la construcción por éstos de lo que Shaw llamó la agenda-setting, teoría que sostiene que "como consecuencia de la acción de los periódicos, de la televisión y de los demás medios de información, el público es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto, elementos específicos de los escenarios públicos. La gente tiende a incluir o a excluir de sus propios conocimientos lo que los media incluyen o excluyen de su propio contenido. El público además tiende a asignar a lo que incluye una importancia que refleja el énfasis atribuido por los mass media a los acontecimientos, a los problemas, a las personas" (Wolf, 1987, p. 163). Como destaca este autor, "los media, al describir y precisar la realidad externa, presentan al público una lista de todo aquello en torno a lo que tener una opinión y discutir [...] El presupuesto fundamental de la agendasetting es que la comprensión que tiene la gente de gran parte de la realidad social es modificada por los media".

En otras palabras, los medios indican en lo que debe pensarse y en lo que no, y en múltiples casos, también qué debe pensarse o al menos tienden a influir en esta perspectiva. Es sabido que el principio de realidad es un aspecto central en la estructuración de los sujetos, y que el pensamiento y la conducta de los hombres estará basada en su idea de realidad: de allí la necesidad de dar un sentido a la misma o enmascarar el conocimiento de lo que no se quiere que se conozca. Un yo desconocedor del real sentido de la realidad actuará de manera poco eficiente para modificar lo que se pretende que no se modifique, o buscará cambiar aquello que se le muestra que no debe permanecer como está. Es esto lo que explica la fundamental importancia que los poderes establecidos otorgan a la posesión y control de los medios (sobre todo, por su llegada, a los electrónicos), convertidos en instrumentos centrales del "control social".

Esta situación incuestionablemente real (aquí sin comillas) produce una extraña aunque conocida paradoja: en momentos de un tremendo auge de comunicación e información en prácticamente todo el mundo, los niveles de incomunicación y desinformación son muy grandes y generalizados. Es inmensa la cantidad de diarios, revistas, canales de radio y TV existentes -lo mismo que aparatos receptores- pero lo que se difunde y transmite parece más ocultar o distorsionar que mostrar: el caso de la llamada Guerra del Golfo es un caso tal vez extremo pero también paradigmático. Se cree dominar el conocimiento de la realidad, pero muchas veces se trata de una fantasía (y no pocas veces de un delirio). En este sentido la aparente saturación informativa -aparente porque no siempre la pluralidad es verdadera: la mayoría de los medios informan y ocultan (tal vez con variantes) acerca de lo mismo-, produce el muy conocido efecto boomerang de "saturar" a los receptores e incluso de insensibilizarlos.

La realidad que se menciona de manera alguna debe limitarse a los noticieros, sino está presente en todas las programaciones, habiendo llegado a decirse que puede haber tanta realidad en (por ejemplo) una telenovela como ficción en un informativo. Las más de las veces el éxito de tales telenovelas precisamente se apoya en que el contenido no real tiene una base real que lo hace factible y no pura ilusión. Lo importante a destacar es que tal presentación de la "realidad" transmite una visión de la  misma - de manera latente y muchas veces explícitamente manifiesta - cargada de determinadas significaciones y valores, casi siempre (o prácticamente siempre) los de la/s ideología/s imperante/s. Esto implica entonces no sólo los mensajes antes citados al yo, sino también modelos identificatorios, caminos de éxito y de logro de satisfacciones, mostración de premios y castigos (con destino al superyo), modelos de "salud mental" y de conductas normales y aprobadas, etc., todo ello presentado como expresión de la "realidad" a la que es preciso ajustarse en contraposición a lo "raro", lo "loco", lo peligroso, lo "malo", etc. Es evidente que todo es, por causas obvias, fácilmente perceptible en las programaciones dirigidas a los niños.

Mostración de una "realidad" que, como ya se dijo, también señala los caminos reales, "adecuados" y "correctos" para la obtención del éxito y el logro de las satisfacciones, sea de manera concreta (más allá de la validez o posible discusión acerca de estos caminos) o a través de la catarsis y/o la evasión. En la medida en que todo sujeto actúa de acuerdo a lo que entiende por “realidad”, es comprensible que se busque que todos o la mayoría de una sociedad compartan la que interesa que se vea como tal a los sectores del poder, sea para mantener la estructura existente o dificultar las transformaciones que atenten contra ella. Por eso todo lo ampliamente estudiado y conocido acerca de los silencios y censuras sobre aspectos considerados peligrosos, tergiversaciones y distorsiones, fragmentación de la “realidad” para evitar el conocimiento de la totalidad, etc. Esta es una de las formas más claras para lograr que el sujeto se encuentre sujetado al sistema en que vive.

En cuanto al Superyo, “una de las instancias de la personalidad (cuya) función es comparable a la de un juez o censor con respecto al yo, y que Freud considera la conciencia moral, la autoobservación, la formación de ideales como sus funciones” (Laplanche & Pontalis, 1971, p. 440), es incuestionable como recibe constantes y permanentes señalamientos de unos medios donde los “malos” que hacen cosas “malas”, de acuerdo a la moral y la ética dominante, siempre fracasan y son castigados, mientras los “buenos” triunfan y reciben premios de diferente tipo.

Una persona triunfadora y aceptada será aquella que cumple con lo que la moral vigente indica, consume aquello que se indica que tiene que consumir y tiene “lo que hay que tener”. Los personajes de los medios que deben ser imitados son modelos por sus perfecciones como, en no pocos casos, pecaron y se salieron del redil pero supieron reconocer la culpa y se arrepintieron por sí mismos o guiados por los eficientes guardianes de las normas estatuídas. “En nuestra sociedad -señala un estudioso norteamericano que comprende el fenómeno pero no del todo su sentido- se nos enseña que hay ciertas cosas que podemos hacer y otras que no podemos hacer; de este modo se nos introduce a los valores y a las normas. El proceso de socialización, que es continuo y se ubica en las personas y las instituciones, y puede no sólo ser deliberado sino además inadvertido, consiste en parte en la internalización de múltiples ‘haz esto’ y ‘no hagas aquello’, de ‘bien’ y de ‘mal’, de ‘verdadero’ y ‘falso’, propios de la sociedad de que se trate. Ni el contenido ni los métodos de socialización son inmunes a la influencia de los medios de comunicación de masas; la manipulación y el cambio pueden tener lugar y de hecho lo tienen. Los medios de masa, se puede admitir, constituyen sólo un aspecto del proceso, pero sería muy sorprendente, en verdad, si no desempeñaran un cierto papel en la modelación de nuestras actitudes respecto de la vida, de nosotros mismos y de los demás” (Halloran, 1969, p. 29).

            Tomado de: Enrique Guinsberg,  La influencia de los medios masivos en la información del sujeto: una perspectiva psicoanalítica, en Psicologia em Estudo, Maringá, v. 8, n. 1, p. 3-12, jan./jun. 2003 (Fragmento)

Interpreta

1. Qué puede significar un reemplazo del principio de placer por uno de realidad – de un ejemplo

2. Qué papel juega el entorno social en la formación del yo y tiene o no relación con los medios de comunicación

3. Por qué el autor señala que los medios construyen la realidad ¿cómo ocurre esto?

4. Según el autor ¿Cuál es la relación entre medios de comunicación y super yo? De un ejemplo

Argumenta

1. Explique el sentido de las siguientes frases y redáctelas de otra forma sin que pierdan su sentido original.

a. Esta es una de las formas más claras para lograr que el sujeto se encuentre sujetado al sistema en que vive.

b. el televisor “es un aparato receptor que ya forma parte de la ecología familiar”.

2. El autor supone que a mayor nivel de desarrollo menor es la influencia de los medios de comunicación en la construcción del yo y de la realidad ¿Es esto cierto? ¿Por qué sucede esto?

3. Por qué el autor señala que los medios construyen la realidad ¿cómo ocurre esto?

4. Cuál es la relación entre medios de comunicación – opinión pública – poder. Argumenta en un escrito que tenga introducción y un desarrollo de al menos 3 argumentos y finalmente una conclusión.

Investiga

1. Cuál es la construcción del indígena desde los medios masivos de comunicación. Puedes servirte de discursos o imágenes. Recuerda citar la información. (Mínimo 5 fuentes de comprobación de la información)

Creación

1. Realiza en clase un Collage en el que expreses la influencia de los medios de comunicación en la constitución del yo.