Guía N° 1 – Medios de comunicación y Realidad
(Grado Décimo)
Profesor: Libardo
Sánchez Paredes
Día a día los
medios masivos de comunicación ganan más importancia en la vida cotidiana de
las personas: desde las recetas de cocina, la forma de vestir, la forma de
hablar, lo que se considera bueno y malo
en la sociedad, hasta el leguaje gestual, los medios de comunicación están en
el centro de la forma en que nos entendemos a nosotros mismos y configuramos la
realidad. A través de esta guía lograras una comprensión conceptual sobre
cuáles son las problemáticas principales
que plantean los medios de comunicación a la forma en la que entendemos
la realidad.
Análisis de Textos
Primeros apuntes históricos de la propaganda
Empecemos con la primera operación moderna de
propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow
Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma
electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la
Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón
para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson
había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que
hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar
en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con
el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población
pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir
todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al
mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía:
precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas
técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello
permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan
peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder
financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un
gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de
provechos.
Entre los que participaron activa y
entusiásticamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales
progresistas, gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy
orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la época, por haber
demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de
la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una
población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de
aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados
fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades
supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas
con los miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se
pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por
el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel
momento —tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas— era el dedirigir
el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era
la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad
americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo
elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de
guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando
la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de un nivel
cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto
puede ser enorme. Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros,
y cuya influencia ha llegado a nuestros días.
La democracia del espectador
Otro grupo que quedó directamente marcado por
estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los
medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los
periodistas americanos, un importante analista político —tanto de asuntos
domésticos como internacionales— así como un extraordinario teórico de la
democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están
subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el
pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas
comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía
que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía
utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en
la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo
inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea
sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los
intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo
una clase especializada de hombres responsables lo
bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos
se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad
intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son
aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el
hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En
realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un
planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con
la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder
mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para
ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas
son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí
mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se
encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una
de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado
que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna
sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es
posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder
del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que
detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo
lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser
incapaces de comprender nada por sí mismas.
Lippmann respaldó todo esto con una teoría
bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una
democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos.
En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones
generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada,
formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y
dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y
políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población
total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es
parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué
hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría
de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño
desconcertado: hemos de proteger de este rebaño desconcertado
cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos
funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres
responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan,
entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado
también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en
vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando
de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de
vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de
algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite
decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos
que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una
democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su
carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de
ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en
participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios
manda.
Y la verdad es que hay una lógica detrás de
todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es
simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos
trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o
interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría
impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño
desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene
a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de
tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de
libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo
mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño
desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.
Por ello, necesitamos algo que sirva para
domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el
arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación,
las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política
y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido
tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones
adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e incluso los
hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver
con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones.
Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder
real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante
reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo
ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo
ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han
de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que
servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que
puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase
especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado,
dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser
adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y
del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa.
Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada.
Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que
dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que
asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción,
liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que
tienen a su disposición para elegir.
Muchos otros han desarrollado este punto de
vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado
teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces
como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los
intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una
habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la
mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que
poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones
acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los
bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido
en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de
los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador
del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos
americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos
dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de
sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía,
los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que,
precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos
que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar
basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy conocemos como estado
totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión
simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se
apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha
acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que
hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo
que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y
conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad
de comprensión del rebaño desconcertado.
Noam
Chomsky, El control en los medios de comunicación (Fragmento)
Responde
(Respuestas que no tengan un adecuado
desarrollo no son válidas - Argumenten)
1.
¿Cómo se ejerció la
manipulación durante la Primera Guerra Mundial en Estados Unidos? ¿Por qué se
lo hizo?
2.
¿Cuál fue el descubrimiento que
se hizo durante la Primera Guerra Mundial con respecto a los medios de
comunicación y la población?
3.
¿Cuáles son las ideas de Walter
Lippmann acerca de la población en una democracia?
4.
¿Por qué el autor considera que
la diferencia entre una democracia liberar y un marxismo leninista no es tan
amplia como se cree?
5.
¿Por qué la teoría de Lippmann
no es un totalitarismo sino que se ajusta a una sociedad democrática?
6.
¿En qué consiste la fabricación
del consenso?
7.
¿A quiénes se llama rebaño y
por qué se lo hace?
Interpreta
1.
Según la lectura ¿Cuáles fueron
las consecuencias del ejercicio de manipulación durante la primera guerra
mundial?
2.
¿Cuál es la relación entre los
medios de comunicación y la teoría de Lippmann?
3.
¿Cuál es la moral implícita en
la teoría de Lippmann?
4.
Qué quiere decir el autor con “La
lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la
cachiporra al estado totalitario.”
Investiga
1.
Investiga el nombre de al menos
un filósofo de la comunicación. Explica en qué consiste su teoría de la
comunicación. Busca una bibliografía de por lo menos 10 libros del autor o
sobre el autor.
Argumenta
1.
Define a continuación los
siguientes términos proponiendo un ejemplo para cada uno de los temas (Deben
argumentar, no se tienen en cuenta respuestas de un par de líneas.)
a.
Manipulación de los medios de
comunicación
b.
Relación de los medios de
comunicación y la democracia
c.
Relación de los medios de
comunicación con la construcción de la realidad
d.
Relación ideología y medios de
comunicación
Soy creativo
Observa la siguiente imagen y tomándola
como base realiza un cuento de no menos de 20 líneas.
